15 de mayo de 2013

Versos que le faltan a la nieve





he venido a transformar el tiempo
(en el que no creo)
escribiendo mi vida
sobre muros que no existen.


CEREMONIA

la infancia
te hará un palacio d einvierno,
sembrará tus verduras,
será tu pájaro
recortado del periódico.
una castaña vista
desde la ventanilla del colectivo.
quemará la casa.
venderá tu fruto.
cortará al pájaro
adherido a la nieve.


ACTO

escribir se ha vuelto
un acto de expropiación:
regalar envueltos
en nieve y catedrales
mis huesos.


TEORÍAS SOBRE EL LENGUAJE

ahora que todo está del otro lado de la ventana
y el pájaro se lleva -lo que nombra-
entre su pico y así todo y etcétera.
ahora que soy una mujer y ninguna y mil otras
que cierra con las manos sus ojos
para no leer todas estas teorías sobre el lenguaje
que la harían inexistente
al igual que a su poema, etcétera.


Natalia Litvinova y sus poemas esteparios. Más aquí: http://www.koult.es/2013/05/natalia-litvinova-la-poeta-de-huesos-de-pajaro-que-escribe-sobre-la-nieve/


1 de mayo de 2013

Mi letanía balcánica



Desde hace algún tiempo vuelven a perserguirme las pesadillas nocturnas. Ya no sueño con casas, sueño con palabras. En mis sueños hablo una lengua desaforada e indómita, una lengua con doble fondo, cuyas palabras se portan como el payaso de la caja sorpresa o como "la higa en el bolsillo". Suelo pronunciar monólogos que reflejan mi humor variable, desgrano las palabras, hablo mucho y dolorosamente, paso las hojas de un libro de reclamaciones interminable. A menudo me despierta del sueño mi propio aullido, parecido al de un perro. En el sueño pueblo con palabras el espacio a mi alrededor. Las palabras aumentan, me envuelven como lianas, brotan como helechos, crecen como la pasiflora, se abren como los nenúfares, me cubren como orquídeas salvajes. La lujuriosa selva de palabras me corta la respiración. Por la mañana, agotada por la pesadilla, me pregunto si debería interpretar esa exuberancia léxica nocturna como un castigo o como un perdón.


El Ministerio del Dolor, Dubravka Ugresic


Este es uno de esos libros que al azar ojeas en un librería de una ciudad que no es la tuya. Aquel día no pudiste comprarlo porque ya habías gastado el poco dinero que llevabas en otros libros, entonces, más importantes. Pero sus primeras páginas -aquella mujer croata golpeándose la cabeza contra el cristal de una parada de autobús- te persiguen. Llegas a tu casa y lo buscas en bibliotecas. No está. Lo buscas en librerías. Descatalogado. Y El Ministerio del Dolor continúa clavado en ti. Hasta que un buen día, en otra ciudad que tampoco es la tuya, visitando una inmensa biblioteca, otro, que no eres tú, lo encuentra por ti, lo rescata de entre los escombros y te lo entrega como ofrenda. 

15 de abril de 2013

La mujer enferma cava una tumba en el mar



Luna es una niña sentada en la tierra húmeda. Escribe con los dedos sobre los surcos que la lluvia deja. Ha venido a contarnos qué sabe de la muerte porque alguna vez la vio asomar por la ventana. Y posó sus ojos sobre ella. Y quedó grabado su recuerdo. El recuerdo de una sombra apenas intuida que ella describe con versos y silencio.

Y yo he venido a contaros sobre una tumba cavada en el mar. Una profunda tumba que más que cadáveres, guarda miedo. A contaros sobre La tumba del marinero. Me resulta difícil escribir sobre un libro que rebosa intimidad. Porque este poemario no se parece a los otros, Luna. Aquí vemos la arquitectura de tu obsesión. Te vemos por dentro y duele. Vemos tus costuras. La muerte no puede ser experimentada ni por los vivos ni por los muertos pero sí por los enfermos. Ahí, el camino. Entre la enfermedad del cuerpo y la del alma. Decir enfermad es decir locura. Te diré que morir no nos hace eternos. Escribir, sí.

Que nazcan pájaros de esas gotas, Luna. No hijos. El hijo es el poema. Que de tu sangre nazcan pájaros. Alas. La soledad del loco. La soledad del enfermo. Que de tus gotas de sangre oscura nazcan versos y los eches a volar. Que sabes bien: para hablar del mundo solo necesitas conocer la palabra muerte.
Yo estuve en el velatorio de mi abuela. No vi su rostro muerto y sus ojos cerrados tras un ataúd nacido de un árbol. Me gusta imaginármela hablando. Con sus ojos brillantes y su boca abierta sin dejar de decirlo todo. La palabra como cura. El verso que sana. Si para que tu madre viva le tienen que abrir la boca, es porque la vida es el poema. Y lo sabes, Luna. Tú no escribes a la muerte. Tú escribes a la vida para que los tuyos no desaparezcan.

Tienes cicatrices, ¿no las ves? Mira tus dedos. Están ahí. Pequeñas, diminutas cicatrices en las yemas de tus dedos. El miedo afecta a la piel de los párpados y a los ojos por dentro. Si te enfermas, se hunden. Y comienzan una vida más allá de tus cuencas. Una vida más adentro donde dejas de sentirlos si tienes miedo.

Estás desnuda y cubierta de tierra. Has dejado que la lluvia moje tus palabras y ahora el peso del barro sobre tu rostro no te deja ver el cielo. Tu cuerpo. Todo tu cuerpo huele a tierra. Tú que eres joven y todo lo tienes, ¿por qué te lamentas? No llores. Todos tememos a la muerte.

Tus poemas son un canto a la infancia que se desvanece a medida que la enfermedad literaria te posee. Ya no somos niños. Temes no cantar más las penas de la última infancia. Es el óxido quien todo lo destruye. La infancia y los sueños. Pero no el miedo. El miedo queda anclado en el fondo de tu cuerpo y la herrumbre se propaga como metástasis.

Eres tú la que arrastra tierra y polvo a estas páginas. Hay un pájaro azul en tu corazón que quiere salir. Recuerda: de la sangre brotarán las alas. La sangre no duele en el cuerpo, ¿por qué sí fuera de él? Luna, la sangre duele fuera del cuerpo porque no es tuya. Porque es de ella. De los otros. Quizás preferirías que fuera tu propia sangre la que doliese adentro del cuerpo, así tendrías la certeza de tu propia muerte. La certeza de que los otros viven por ti.

Dices que es otra mujer la que te habita. Eres tú el fantasma que se mira en el espejo. La niña herida, la niña sabia que recita versos en la cama. Existes, entonces, luego tiemblas. Existes en el poema. Niña enferma, niña pálida.

Ahora lo sabes: la muerte nos cambia por dentro. Sobre todo a los que seguimos vivos. ¿Qué es el fin del mundo?, te preguntas. El fin del mundo debería ser estar tumbado en la arena frente al mar leyendo poemas. Porque también la vida empieza en los hospitales y termina en el mar.
Niña sangrante, niña triste. Dices: mi madre no me leía La Ilíada sino La Odisea. ¿Cómo voy yo a leerte La Ilíada, Luna? ¡Es un libro demasiado sangriento para una niña pequeña! ¿Demasiado sangriento? ¿Demasiado sangriento? La sangre es el néctar de los poetas. Es tu voz. La voz dulce y paciente. La voz que guarda el poema. La voz sana. Tu voz, sana.

¿Qué significa quedarse solo? Significa hacerse preguntas. Temblar. ¿Te imaginas volver a nacer? Ser feto. Bebé. Niña rara. Volver a empezar. Luna, sé que ahora todo da miedo. La destrucción y el amor. ¿Dónde están los brazos? Esos brazos que acunaban a la niña que hay en ti.

Tu geografía sentimental es la geografía del poema. No importan Madrid, Almería o Barcelona. Porque tu mente es el estómago de un gato callejero que habita en cualquier parte. Importan las ganas. Tus ganas de mil migajas de pan. Tu hambre de vida.

Dices: No hay tumba. Esta es mi tumba. Has cavado tu tumba en el mar junto aquel ancla oxidada. Siempre has estado allí. Clavada en el fondo del poema.

Luna, no tengas miedo, tú nunca tendrás la enfermedad de tu madre. Quisiera susurrarte que no temas. Que tu cuerpo no es su cuerpo. Lo sabes, tú no estás enferma de muerte, sino de literatura. Quisiera protegerte. Leerte cuentos al oído y decirte: Todo saldrá bien.

Has mirado a través de los ojos de la muerte. Y has venido aquí con tu libro azul entre las manos para decirnos: Tomad, esta es mi vida, leed todos de ella. 



La tumba del marinero, Luna Miguel. La Bella Varsovia, 2013. 

26 de marzo de 2013

Nos consideramos niebla




Este libro debería haber sido un poema

que nos recordara a todos, que nos recordara siempre que debemos volver a Comala, encontrar a nuestros padres, perdonarnos. Que somos nietos, todavía errantes, de la tierra arisca en la que crecimos de Juan Rulfo, nietos de Maples Arce. Y que sólo la poesía puede cobijar el cuerpo carcomido y brutalmente agraviado de México. Sanarnos. Volver a decir / a decirnos:

somos la consecuencia de nuestra historia, somos exactamente nuestro tiempo. Todo lo que hemos dicho de nosotros mismos. Y hoy, nuestro legado nos ahoga.

Precisamente por esto: debemos seguir escribiendo.

Para inventarnos no el modo de guardar lo sucedido, sino todas las formas en que nos lo hemos contado, con las que hemos necesitado imaginarlo, con las que hemos querido entender, una y otra vez, quiénes somos. Escribir para hilvanar la memoria de lo que hemos venido construyendo de nosotros mismos hasta el día de hoy. De todo lo que hemos inventado sin saber la verdad. 

De modo que ésta es la narración del mundo que hemos escrito para habitarlo.
El texto que somos.
Y es un íntimo poema en mí.

Epílogo de Campos de amapolas antes de esto, Lolita Bosch.

Yo quisiera algún día llegar a escribir así. No sé cómo. Pero escribirlo. Todo. El poema que hay en mí. La novela de mi familia que hay en mí. Inventar palabras para rellenar los huecos de la historia. Inventar sin saber del todo la verdad. Hilvanar la memoria para construirme.

19 de febrero de 2013

Un sueño de hace ahora más de diez años





Me recliné sobre la hierba entre árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular. Detrás, en el decorado de una casa entre decadente y familiar, podía sentir las voces de mi hijo y mi marido. Los dos en cueros. Los dos chapoteando en la pileta de plástico azul, con el agua a treinta y cinco grados. Era un domingo víspera de día feriado. Estaba a pocos pasos de ellos, oculta entre malezas. Los espiaba. ¿Cómo es que yo, una mujer débil y enfermiza que sueña con un cuchillo en la mano, era la madre y la esposa de dos individuos? ¿Qué iba a hacer? Escondí el cuerpo adentrándome en la tierra. No iba a matarlos. Dejé caer el cuchillo. Fui a colgar la ropa como si nada. Abroché bien las medias de mi bebé y de mi hombre. Los calzoncillos y las camisas. Me miré como una campechana ignorante que cuelga ropa y se seca las manos en la falda cuadrillé antes de entrar en la cocina. No se dieron cuenta. La colgada de ropa fue un éxito. Volví a recostarme entre troncos. Ya se corta la madera para la próxima temporada. Los hombres acá preparan el invierno como las bestias. Nada nos distingue a unos de otros. Yo misma, letrada y graduada universitaria, soy más bestia que esos zorros desahuciados con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par. A pocos kilómetros, mi vecino Frank, el primero de siete hermanos, se pegó un tiro en el culo la última Navidad. Linda sorpresita para su tribu de hijos. El tipo siguió la tradición. Suicidio con escopeta de tatarabuelo, bisabuelo, abuelo y padre, lo menos que se podía decir es que era su turno. El hombre, cliché de la infelicidad humana, les cagó la Navidad a todos, jo jo; los animales, en cambio, se resisten a ser tan inverosímiles. ¿Y yo? Una mujer normal, de una familia normal, pero una excéntrica, desviada, madre de un hijo y con otro, quién sabe a esta altura, en camino. Me metí despacito la mano en la bombacha. Y pensar que soy la encargada de velar por la educación de mi hijo. Mi marido me llama para unas cervecitas en la pérgola, pregunta si morocha o rubia y yo quiero primero acabar. Parece que el bebé se cagó y tengo que comprarle la torta de cumple mes. Otras madres seguro que la hacen ellas mismas. Seis meses, me dicen que no es lo mismo que cinco o siete. Cada vez que lo miro recuerdo a mi marido detrás de mí, casi eyaculándome la espalda cuando se le cruzó la idea de darme vuelta y entrar, en el último segundo. Si no hubiera habido ese gesto de darme vuelta, si yo hubiera cerrado las piernas, si le hubiera agarrado la pija, no tendría que ir a la panadería a comprar la torta de crema o chocolate y las velitas, medio año ya. Las otras al segundo de parir suelen decir ya no imagino mi vida sin él, es como si hubiera estado desde siempre, pfff. ¡Ahí voy, amor! Quiero gritar, pero me hundo más en la tierra agrietada. Quiero gruñir, berrear, y en cambio dejo que los mosquitos me piquen, que se deleiten con mi piel azucarada. El sol me devuelve el reflejo plateado del cuchillo en la mano y me ciega. El cielo está rojo, violeta, tiembla. Oigo que me buscan, el bebé cagado y el marido en cueros. Ma-ma, ta-ta, ca-ca. Es mi bebé que habla, toda la noche. Co-co-na-na-ba-ba. Ahí están. Dejo el cuchillo en el pastizal quemado, espero que cuando lo encuentre parezca un bisturí, una pluma, un alfiler. Me levanto caldeada y molesta por el hormigueo en la entrepierna. ¿Rubia o morocha?; lo que prefieras, amor. Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra "amor" hasta cuando se detestan; amo, no quiero volverte a ver. Ahí voy, digo, y soy una falsa mujer de campo con una pollera roja a lunares y el pelo florecido. Rubia, traeme, digo con mi acento. Y soy una mujer que dejó estar y tiene caries y ya no lee. Leé, idiota, me digo. Leéte una frase de corrido. Acá estamos los tres juntos para una foto familiar. Brindamos por la felicidad del bebé y bebemos las cervezas, mi hijo sobre su sillita mastica una hoja. Le meto la mano y chilla, me muerde con las encías. Mi marido me quiere plantar un árbol para darle larga vida al bebé y yo no sé qué decirle, sonrío como una gansa. ¿Se da cuenta él? De todas las bellas y sanas mujeres que hay en la región, se vino a enganchar conmigo. Un caso clínico. Una extranjera. Alguien que debería ser clasificada de incurable. Qué día de humedad, ¿eh?, parece que tenemos para rato, dice él. Yo trago la botella en sorbos largos y aspiro por la nariz queriendo estar, exactamente, muerta. 

Matate, amor de Ariana Harwicz


Cuando tenía quince o dieciséis años, no recuerdo bien, tuve un sueño que se parecía a la pintura de Andrew Wyeth: Christina´s World, 1948. Tuve un sueño donde yo era una madre con un bebé que no quería a su bebé y si lo quería. Una mujer embarazada y con el vientre hinchado pero vacío. El bebe era una niña y estaba en mis brazos y de repente ya no estaba. Y yo corría por un prado exactamente igual que este. Un prado quemado por el sol, seco; corría por una tierra agrietada buscando a esa bebé perdida de mis brazos. Y oía la voz de un hombre. ¿Mi hombre? Gritando a través de la explanada. Y entonces la bebé aparecía pero ya no era rosada y tierna, sino un pequeño cuerpo gris. Un pequeño cuerpo de ceniza calcinado por el fuego. Y luego encontré este libro de casualidad porque no sabía que existía y lo leí y me vi a mí misma en ese extraño y lejano sueño de hace ahora más de diez años. Y yo no quería a la bebé. Y si la quería. Pero más que muerta, quería estar en otra parte. 

Apenas acabo de empezar esta breve novela de 149 páginas hallada en la sección "policíaca" de la Fnac. Y me intriga. Y me gusta el lirismo y esa voz femenina tan honesta, hermosa y desgarradora. Una bestia sutil que te deja sin aliento. Y leo en ella a Flynn y a Luiselli y, quizás, también leo a Irene Villar. Y a Plath. Y a Woolf. Y veo los sueños y las pesadillas y la maternidad y la escritura encerrados en una urna de cristal sin puerta. 

Leed a Ariana. 

12 de febrero de 2013

Perdida de Gillian Flynn






Por primera vez he podido leer una novela anticipadamente. Y no sé qué me ha producido más placer: leerla antes de su publicación el próximo 4 de abril o leerla en sí y sentirme enganchada a la trama durante tres días. Sí. Tres días para 556 páginas. ¿Conocéis esa sensación de no querer hacer otra cosa más que leer? Durante todo un fin de semana: de viernes a domingo con mis ojos fijos en las páginas. Las de Nick y las de Amy. Porque Perdida de Gillian Flynn (Roja & Negra, Mondadori) es una novela que tiene como co-narradores a los dos miembros de un matrimonio de treintañeros neoyorkinos y escritores. Sin duda, esto se puede presentar como una novedad para aquellos lectores adictos al género thriller: ninguno de ellos es policía ni investigador privado. Son Nick y Amy. La Asombrosa Amy y el Habilidoso Nick. Una pareja especial y corriente. Un matrimonio entrañable y tóxico. Así comienza:


Cuando pienso en mi esposa siempre pienso en su cabeza. Para empezar, en su forma. Lo primero que vi de ella, la primera vez que la vi, fue la parte trasera de su cráneo. Sus ángulos tenían algo de adorable. Como un duro y brillante grano de maíz o un fósil en el lecho de un río. Tenía lo que los victorianos habrían descrito como “una cabeza elegantemente torneada”. Resultaba bastante fácil imaginar su calavera.

Reconocería su cabeza en cualquier parte.
Y lo que hay en su interior. También pienso en eso: su mente. Su cerebro, con todos sus recovecos, y sus pensamientos yendo y viniendo por dichos recovecos como rápidos y frenéticos ciempiés. Como un niño, imagino abriéndole el cráneo, desenrollando su cerebro y examinándolo cuidadosamente, intentando apresar e inmovilizar sus ocurrencias. “¿En qué estás pensando, Amy?” La pregunta que más a menudo he repetido durante nuestro matrimonio, si bien nunca en voz alta, nunca a la única persona que habría podido responderla. Supongo que son preguntas que se ciernen como nubes de tormenta sobre todos los matrimonios: “¿Qué estás pensando? ¿Qué es lo que sientes? ¿Quién eres? ¿Qué nos hemos hecho el uno al otro? ¿Qué nos haremos?”.


No sé si el tiempo del amor ha terminado en la literatura. Yo creo que lo que ha terminado es el tiempo del amor romántico y apasionado. Y ha llegado el momento de dejar paso a los entresijos de un amor que se extiende por las células de tu cuerpo como un cáncer. Un amor donde dos personas son capaces de entretejer el odio, las mentiras, la sangre, el semen, la locura y la redención. El amor es la infinita mutabilidad del mundo.

Asusta. Pensar en todo ello y leer esta novela como si tú fueras Amy en la primera parte. Y odiar a Nick por todos sus errores. Como otra pareja cualquiera donde, visto desde fuera, él siempre es el malo. Y hasta aquí puedo contar. ¿Cómo escribir sobre Perdida sin escribir sobre Perdida? Dos escritores que dejan Nueva York para mudarse a Missouri donde todo parece ir bien hasta que ella desaparece la mañana de su quinto aniversario de boda. La he leído en un fin de semana de temblores y escalofríos en mi propia relación. Sintiéndome igual de infinitamente mutable que la propia novela. Pero no soy Amy. Ni M. es Nick. Nuestro amor es más corriente, más sencillo, podría llegar a decir que hasta más aburrido. Y así lo prefiero. Un amor mutable y sencillo sin mentiras ni manipulaciones más allá de las justas. Un amor intenso, pero no punzante ni doloroso como el de Nick y Amy.

No sabía nada de Flynn hasta hace muy poco. Ni de sus libros ni de su vida. Espero que sea feliz en su matrimonio y que su marido no la tema cuando duerma a su lado por las noches. Espero que su marido no sienta el mínimo interés por la forma de su cabeza, su cabeza elegantemente torneada ni por su calavera. Lo que me gustaría es leer los otros dos libros de esta maravillosa escritora que ha conseguido engancharme y asustarme, envenenarme e inquietarme por mi propio amor.
Perdida es una novela de género, pero también una novela literaria, muy bien escrita. Una novela sobre la familia y lo cotidiano. Flynn ha cogido entre sus manos a una pareja cualquiera y la ha diseccionado hasta encontrar el origen del temblor. Las raíces de ese amor de doble filo. Flynn ha escrito sobre cómo el matrimonio es algo peligroso, porque estás unida a alguien que sabe a la perfección cómo presionar cada uno de sus botones y para qué sirve y qué activa cada uno de ellos y que, por eso, de proponérselo, puede llegar a hacerte mucho daño.

Leed Perdida como si vieseis una película de Hitchcock que no hubieseis visto jamás. Una película co-dirigida por Woody Allen y Hitchcock sobre el amor y sus síntomas más nocivos. Un libro que describe la oscuridad que se cierne sobre una pareja cualquiera que, aparentemente, se ama.  



26 de enero de 2013

Escribo para los fantasmas




No me gustaría escribir otro relato de esos cuyos autores repasan su propia vida a la luz de una situación límite, como si la perspectiva del fin de alguien cercano nos hiciera ver la escasa importancia de todo lo demás. No me gustaría usar el viaje a Porto Alegre, las charlas que tuve con mi padre después de darle la noticia de la enfermedad, mientras lo acompañaba a hacerse los exámenes complementarios, y pasaba las tardes con él y compartía mesa con él, y me encargaba de que no pasara mucho tiempo solo, en las dos semanas que estuve en Porto Alegre volvimos a convivir como si yo tuviera otra vez catorce años y estuviéramos en la playa, delante de la barbacoa, y él volviera a preguntarme qué era de mi vida, y yo volviera a confiar en él de un modo natural, y le describiera el ultimátum de mi tercera mujer, el alcohol y las peleas y las discusiones, mi secreto más íntimo, lo que era capaz de sentir ante mi padre, a causa de él, las cosas y lugares y personas que morían en el preciso instante en que yo descubría que aún era capaz de hacer eso, la última conversación importante que tuvimos antes de que la evolución de la enfermedad convirtiera esa clase de confesiones en algo inútil.

Diario de la caída, Michel Laub


7 de enero de 2013

27.


Ira Bordo





Mis manos escriben buscando la luz el día que cumplo 27 años. En las sombras del miedo -nuestro miedo- han estado escondidas por meses sin querer probar qué es la vida sin el temor que todo lo empaña. Para el miedo escogemos un lugar seco y lo enterramos. No hay tiempo para los muertos este año. No quiero oír hablar de la muerte más que en los poemas. Dejaré de llamar a los muertos para que me hablen desde el otro lado. Quiero vivir. Y terminar todos los poemas que tengo empezados en este cuaderno y escribir otros nuevos. Y seguir perfilando esa novela que en la cabeza me da vueltas. Escribir, pues, para combatir el miedo. No dejar pasar ni un solo día sin escribir un verso, una línea. Ponerme a salvo memorizando aquellos poemas que desearía haber escrito para decirlos en la noche cuando mi cuerpo ocupe su lugar en la sombra y mi voz quiera ocultar los presagios. 


31 de diciembre de 2012

El sueño es lo que más se parece a la muerte



Y en la soledad de esta habitación de hotel, en Novosibirsk, ciudad del frío, del Ob silencioso y del hielo, voy a dormirme. Voy a dormirme, voy a dormirme. Voy a dormirme, voy a tragarme estas pastillas que llevo en la maleta. Estas moléculas que tanta felicidad nos dieron, voy a tomarlas para dormirme, voy a tragármelas con un gran vaso de agua siberiana; pensaré en Jeanne, pensaré en tu mecedora, en esa canción tan hermosa y tan alegre y tan triste porque el sueño es lo que más se parece a la muerte, voy a abandonarme a tu mecedora, a dormirme escuchándote, voy a dormirme escuchándote, voy a dormirme escuchándote y a tomar en sueños la delgada mano de Jeanne, con estas venas prominentes que me gustaba recorrer con el dedo, y estaremos los tres, en este sueño, y pensaré en ti, una última vez, y me dormiré.

MATHIAS ÉNARD


Mis 12 preferidos de 2012


Apurando las horas que le quedan a este año cruel os propongo una lista (cómo me gustan las listas) de los libros que más he disfrutado en 2012. Alguno fue publicado a finales de 2011. Si algo tienen en común algunos de estos libros, algo de lo que no me había dado cuenta hasta hace muy poquito, es que son autobiográficos o autoficticios y hablan de la muerte o de la enfermedad. Libros duros y hermosos. Ahí la dejo:

1. Di su nombre de Francisco Goldman. Sexto Piso.


2. Al este de Occidente de Miroslav Penkov. Seix Barral.

3. Noches azules, Los que sueñan el sueño dorado, El año del pensamiento mágico de Joan Didion. Mondadori y Global Rhythm.




4. El lector de Julio Verne de Almudena Grandes. Tusquets.


5. ¿Eres mi madre? de Alison Bechdel. Reservoir Books.


6. Canción de tumba de Julián Herbert. Mondadori.


7. Nosotros los animales de Justin Torres. Mondadori.


8. Maternidad imposible de Irene Vilar. Lengua de Trapo.


9. Los pájaros amarillos de Kevin Powers. Sexto Piso.


10. Bajo la tierra de Jiri Orten. Salto de Página.


11. El sueño de Visnu de David Meza. El Gaviero.


12. Lo solo del animal de Olvido García Valdés. Tusquets.


15 de diciembre de 2012

La muchacha de los ajolotes o La vida está en otra parte

                                                                                                                                                Pia Elizondo




Yo soy ella. Pero vivo aquí. Aunque una vez, a los 23 años, viví en el D.F. A la Ciudad de México llegué cuando Aura ya había desaparecido de este mundo, pero su nombre seguía siendo el título de una extraña y breve novela de Carlos Fuentes. Conocí a una Aura que no era ella, pero que también escribía. Podría haberme encontrado con Francisco Goldman en un café de la calle Ámsterdam en la Colonia Condesa. Había un café muy europeo donde ponían el mejor mocha de todo México. No recuerdo su nombre. Sí recuerdo el olor de aquel café que nada tenía que ver con el café que me tomaba en la colonia donde vivía. La colonia Buenavista, cerca del Estadio Azteca. Tan cerca que, los domingos cuando había partido, podía ver desde aquella azotea vieja cómo llegaban los espectadores con sus caras pintadas. A aquel café llegué gracias a Gustavo, el poeta chaparrito, uno de mis mejores amigos mexicanos que conocí gracias a que me inscribí en un taller de creación literaria que él impartía y llevaba por nombre El lenguaje de la posibilidad. Pero no he venido aquí a contarles de mi vida en el D.F. Decía que me hubiera gustado conocer a Frank. Que sin saber cómo nos hubiéramos mirado en aquel café o en cualquier otro o, quizás, quién sabe, por la calle. Y él me hubiera hablado de ella. Del libro que estaba escribiendo sobre sus vidas. De Aura.

Los ajolotes son una especie de salamandra que nunca abandona su estado de larva, algo así como renacuajos que nunca se convierten en ranas. Solían abundar en los lagos que rodeaban la antigua Ciudad de México y eran uno de los platillos favoritos de los aztecas. Hasta hace poco, se decía que los ajolotes aún vivían en los salobres canales de Xochimilco pero se trata de una especie en vías de extinción.

Me hablas de Nueva York. De la Butler Library en la que nunca he estado y quiero estar allí. Porque la vida no es. La vida no está aquí. La vida es en otra parte donde yo no estoy. Yo sí quiero llegar a saber lo que es ser vieja. Vieja y arrugada con mis libros viejos y gastados de tanto leer. Yo no quiero morir joven. No. No quiero morir tragada por una ola del Pacífico como ella. Podría no haber nada más allá de las aguas, a merced de las dunas, podríamos estar en cualquier parte del mundo, describiendo en hojas de papel mojado cómo cambian los cielos nocturnos, pero elegimos borrarnos en el paraíso.

Quizá el vestido sólo requería estar en el entorno adecuado, ese paisaje cercano al desierto, en el pueblo y santuario católico de Atotonilco, entre la vieja iglesia de una misión, los cactus, los matorrales y el oasis de tierras verdes de una hacienda restaurada que habíamos alquilado para celebrar la boda, bajo la inmensidad del cielo mexicano, azul intenso y luego amarillo grisáceo que los turbulentos rebaños de nubes recorrían de un extremo a otro […] Ese vestido de novia era una delicada reliquia. Por las noches, recortado contra la ilusión de profundidad que da el espejo y el brillo de las velas y las lámparas, rodeado por el marco barroco como si fuera una corona de oro, el vestido parecía flotar.

Nuestras voces se interrogan y dicen: estos son los precipicios de la vida. Los ojos de la madre viéndola morir. Las palabras de Francisco resucitándola. Las palabras que no quedaron disueltas en el agua. Están aquí. Reviviéndola.


¿Dónde pierde él a su hija?, ¿dónde la recupera?

La culpa que uno evade, hasta que no la puede evadir, hasta que la encuentra, o te encuentra.

¿Cuál es la gran metáfora de la culpa? (¿El lodo?) ¿Qué es la culpa?


Y la muchacha de los ajolotes. La muchacha del pelo negro y la sonrisa eterna vuelve a escalar desde la sombra. Y llega a mí. Y juntas descubrimos la muerte del pájaro profeta.


Mi infancia gastada en la bolsa sin fondo de mi madre […] Este lugar está acabando conmigo. La sombra de mi madre. Aura, ese maldito libro, una historia y sus coincidencias. Vine a hacer realidad la ficción. O soy una ficción. Un tormento de mi madre. No puedo ser yo. Quizá ahí viene la idea recurrente de la muerte. Única forma de afirmarme, de reconocerme, de ser individuo, de cometer un acto completamente voluntario.


Mi infancia nunca fue un agujero negro. No. Mi infancia fue una historia, tras otra historia. Una historia de cenizas y silencio. O la voz del pájaro profeta que anunciaba el comienzo de la vida.

No existe una ciudad en la que las noches sean más largas, más excesivas y más absurdas que en el D.F.

He soñado con un muerto que decía adiós
La muerte no asoma
La muerte viene y se los lleva

La muerte estaba presente en cada día que pasaba en México. La muerte y la vida. Los peligros de una ciudad desconocida e infinita por la que apenas podía caminar sola sin perderme o correr riesgos. La Ciudad de México es la Ciudad de la Muerte más viva que conozco. La ciudad de escombros. La ciudad de los poetas. La ciudad de la Santa Muerte.

Saqui me contó que salió caminando de su hotel en la avenida Reforma la noche en que llegó a la Ciudad de México, dos noches después del terremoto, y que el aire estaba cargado de niebla tóxica, cemento pulverizado y humo acre, que en uno de los carriles cerrados al tráfico, cuando estaba cruzando la avenida, vio una niña muerta, tendida en el asfalto, una pequeña en sudadera, vaqueros y zapatillas, que parecía rebozada en pan rallado.

Qué triste haber perdido toda oportunidad de conocerte. De leer tu novela en curso Memorias de una estudiante de posgrado. De visitar librerías juntas y hablar de cumplir los 27 años y no tener un libro publicado. Y decirnos una a la otra qué fracasadas somos. Qué ingenuos aquellos sueños de infancia donde llegaríamos con la escritura más lejos que con nuestros zapatos nuevos. Y siempre la misma duda entre ser académica e investigar o pasar las horas escribiendo sin saber hacia dónde.

Todos los días son una ruina fantasmal. Todos los días son la ruina del día ruinoso que se anunciaba. Cada segundo que pasa en el reloj, todo lo que hago o veo o pienso, todo eso, se compone de cenizas y fragmentos calcinados, son las ruinas del futuro. La vida que íbamos a tener, el bebé que íbamos a tener, los años que íbamos a pasar juntos, como si esa vida ya hubiera ocurrido hace miles de años, en una ciudad secreta, perdida en lo profundo de la selva, en ruinas y cubierta de vegetación, cuyos habitantes se han extinguido, que no ha sido descubierta y cuya historia no ha sido contada por ningún ser humano que viviera fuera de sus límites, una ciudad perdida con un hombre perdido, que sólo yo recuerdo.

Estas palabras son como pájaros. La voz de tres pájaros que cantan al unísono una canción de amor y de esperanza. Una canción triste de un futuro que se escapa a través de la grieta. Estas son las señales que precederán al fin del mundo.

Di su nombre.

1 de noviembre de 2012

Escribir para no perder la memoria




Conversación a escondidas

A Carmen Delgado, hija de la guerra

¿Qué más puedo decirte? 
Benjamín Prado



Yo sé qué es verdad
pero tú has venido a decirme:
- Calla.

Esa es tu verdad.

Tus palabras surgen
del fondo de tu propio
                       miedo.
Su huida está bajo de tu piel,
tú sólo quieres oscuridad.


Silencio.

Volverás a recordarlo cada día,
su voz en la celda,
la imagen borrosa de un padre
cubierto de sangre
                y pulgas.

Sin secretos.

Quiero oír
las verdades sin límite.

Tiemblas,
lágrimas escritas en una carta


                      cerrada.

Hace falta la luz.
Tú custodias la sombra.


Ahora ya no estás y es como si tuviera un agujero en mi vida. ¿A quién voy a pedirle ahora que me cuente la historia del bisabuelo? ¿A quién? Si la abuela solo recuerda que su padre cuando volvió de la cárcel no la conocía porque había crecido mucho. Eras tú y nadie más quien mantenía vivo a tu padre. Al bisabuelo Pepe. El último alcalde republicano de Alcalá del Río. Te recuerdo hoy después de los meses que me ha costado superar tu ausencia. Y te recuerdo al ver hablar a otra hija de la guerra que sigue sin saber dónde yace el cuerpo de su padre. En qué cuneta, en que agujero en la tierra donde la muerte planta sus semillas. Te recuerdo hoy y me olvido a propósito de visitar tu tumba porque no me gustan los cementerios que guardan mis muertos. Los extranjeros sí. Me gusta cualquier cementerio donde no estés tú. Quisiera enseñarte Ceniza en los labios. Debí haberlo hecho hace mucho tiempo, cuando lo escribí, pero yo también tenía miedo, miedo de tu miedo. Miedo de que volvieras a decirme calla. Ahora que estás muerta yo seguiré contando la historia de tu padre. La contaré en un libro, en los poemas, se la contaré a todo el que quiera recordar y al que no. La contaré tal y como tú me la contaste tantas veces, para que no se pierda. La contaré para no perder la memoria. 


17 de octubre de 2012

El desbordamiento








La tesina y yo somos una. Lo demás es secundario. El comer, el acabar los libros inacabables, escribir versos o socializar. Es el tiempo del fin. Y a eso me dedico. Por lo demás, volveré en invierno cuando los árboles desnudos con sus ramas viejas llamen a mi ventana.




8 de octubre de 2012

Cercanías 2012






Si estáis por Sevilla estos días no os perdáis el ciclo Cercanías sobre poesía contemporánea que organizan los amigos de La Fuga librerías con la colaboración de La Palabra Itinerante.

Allí estaré el próximo miércoles presentando a Benjamín León, poeta chileno que acaba de publicar su poemario Para no morir en la recién estrenada editorial sevillana Turandot Ediciones


CERCANÍAS 2012 se propone, pues, como una plataforma de encuentro, intercambio y comunicación donde compartir conocimientos, reflexiones y prácticas. Una oportunidad excelente para acercarnos a significativos representantes de la creación cultural actual, para el coloquio y el debate, para el aprendizaje y la acción.
Desde su subtítulo “Reflexiones abiertas sobre poesía contemporánea”, se concibe como un trabajo en búsqueda, que no persigue tanto definiciones o clausuras, como ser un punto de partida para poner en común diversos enfoques, modos y campos de acción de las prácticas poéticas de hoy, asumiendo su diversidad, intentando contribuir a su visibilización y reconociendo el potencial de la creación poética como herramienta de análisis, cuestionamiento y transformación.


4 de octubre de 2012

Un café con Sucunza





De escritores pamplonicas que hablan catalán. De veinteañeras que tienen ganas de tomar un café con Sucunza. De la actitud contemplativa. De los dietarios que abandonan el mundo de la autocompasión para engendrar la risa.

El otro día estaba en la Fnac de Sevilla viendo novedades como tantos otros días y fui a dar con un libro del que desconocía su existencia. La tienda y la vida de Isabel Sucunza editado por Blackie Books. Atraída por el rojo de su portada y un nombre que, de alguna manera, me recordaba al título del último de Mendoza El enredo de la bolsa y la vida, comencé a leerlo para pasar el rato. Y casi me lo acabo allí. Decidí llevármelo a casa sobre todo porque me hacía muchísima gracia.

Cuando llegué a casa lo dejé junto al resto de novedades que he ido comprando y depositando para su posterior lectura en el suelo de mi nueva habitación (señores, ¡qué escándalo! No tengo estanterías). Después de terminar Piel roja y El año del pensamiento mágico en los últimos tres días, me he leído de un tirón a Sucunza. He decidido llamarla así, por su apellido porque presumo por sus palabras que ella lo preferiría así. Porque a Vila-Matas no lo llamamos Enrique ni a Josep Pla, Josep. Por eso yo quiero nombrarla Sucunza a secas.

Me tomaría un café con Sucunza. Un café de esos que duran cinco horas sin que te des cuenta para hablar del independentismo catalán, de Manguel, de libros, series y camisas. Pero sobre todo para que me contara cómo ha podido avanzar en la lectura de Proust. Yo he de confesar que este verano lo intenté con el primer volumen y a las cincuenta páginas tuve que dejarlo. Días más tarde leí en la última novela gráfica de Alison Bechdel ¿Eres mi madre? que llegar a la madurez significaba aceptar la idea de que nunca leerás a Proust. Y aquella afirmación trajo todo el consuelo que necesitaba tras el temps perdu.

Pero seguimos con Sucunza. No la conozco. No sabía nada de ella hasta hace tres días, pero voy a hacerme fan en su blog, qué remedio. Porque me he quedado con ganas de más. Muchas más ganas de seguir su vida. Será porque en el fondo no importan las lecturas de una que siempre hay alguien que despierta el cotilla que llevamos o dentro. O quizás porque Sucunza consigue hacer atractivo y fantástico el más nimio acontecimiento en una tienda de ropa masculina. Y darle vueltas a los tópicos.

Ahora me voy a practicar eso de la actitud contemplativa. Que sí, que lo he leído en La tienda y la vida, que lo dice la propia Sucunza, que mirar el gotelé puede llegar a producir más satisfacciones que la tele. Y eso no me lo perdonaría nunca encerrada como estoy entre cuatro hermosas paredes blancas de gotelé sin estanterías.

Sucunza, queremos más.  

1 de octubre de 2012

Poner algo al abrigo de la muerte.





Escribir para recordar. Para recordarme. Para combatir el silencio que dejan los muertos.

Ni siquiera recuerdo cómo llegué a Didion hace apenas cuatro días. Puede que fuera buscando en Google sobre esos temas que me preocupan y distraen del verdadero objetivo: la infinita tesina. Por unos momentos dejé de lado el Holocausto y la Guerra Civil y decidí hacer una búsqueda más profunda, si cabe, de la verdad del sufrimiento. Una búsqueda para hallar a otros autores que, en días pasados o presentes, estuvieran tan obsesionados como yo con el dolor de la pérdida. Y la alcancé en cierto modo. Joan Didion (Sacramento, 1935) había escrito un libro, entre muchos, sobre su experiencia de duelo después de perder a su marido el también escritor John G. Dunne.

El dolor es una isla donde uno vive solo en una oscuridad que crece. Así me sentía cuando perdí hace unos meses a un familiar muy cercano. El duelo era una enfermedad que iba extendiéndose por mis días y movimientos más sencillos. De repente me vi sin quererlo envuelta en un miedo atávico a quedarme sola en una habitación. A la noche y sus largas horas de oscuridad. Miedo a un simple dolor en el pecho. A una sirena que rompía la quietud de mi sueño. Tenía miedo de todo y no sabía controlarlo. Posteriormente me diagnosticaron ansiedad en el hospital de Hammersmith en Londres y tuve que aceptar la idea de que cada vez que hubiera una situación que me creara tensión o miedo, mi corazón se aceleraría y el insomnio pasaría a dominar mis noches. Y todo esto para explicar que desde entonces busco a otros como yo que no teman escribir sobre el propio miedo. Que la muerte es la madre de la belleza y de la pérdida nace una gran literatura. Didion con su escritura viene a romper el tabú de la muerte. No es la única.

La vida cambia en un instante. Aquí empieza todo. El año del pensamiento mágico es un libro que comienza con la muerte del marido de Didion y termina con la recuperación de Quintana, su hija. Pero lo más doloroso para el lector puede ser la idea de que estas páginas son la vida de Didion. Su vida contada por ella misma con el miedo y la esperanza y la obsesión y el dolor. Sus palabras son la transcripción exacta de los días y las horas que pasaron entre la muerte y la vida. Meses después de que la escritora terminara el libro, su hija moría a los 39 años. Y aquí uno llega a preguntarse cómo el que sobrevive puede quedarse al abrigo de la muerte y no sucumbir. No puedo esperar a que llegue el 18 de octubre que es cuando Mondadori publica Noches azules donde Didion escribe sobre la muerte de Quintana.

Con una escritura obsesiva El año del pensamiento mágico vuelve una y otra vez sobre la noche de la muerte de John. Regresa incesantemente a los mismos acontecimientos con la ambición de poder cambiarlos. La muerte, escribe Didion, no solo cambia a quien ha muerto. Los supervivientes miran atrás y ven presagios, mensajes que no tomaron en cuenta. Recuerdan el árbol que se secó, la gaviota que se estrelló contra el capó del coche. Viven de símbolos. Y los muertos experimentan un momento de terror al darse cuenta del inevitable desenlace del accidente y un instante después, la eterna oscuridad.

Desde hace días este libro me acompaña. He dejado a un lado el miedo a la locura para seguir recurriendo a la literatura. Un lugar donde sentirse amparada. Un refugio contra las noches largas que nos separan de los muertos. Escribir para recordar, para recordarme el camino que me traiga de vuelta. 


27 de agosto de 2012

The beautiful days













En los días en los que las ganas de escribir o contar algo están ausentes, me basta con mirar el rostro de mi hermana. Su pequeño cuerpo blanco y frágil. Su cuerpo delgado con las costillas entreviéndose. Los ojos tristes, hoy, de una niña que no tiene lo que quiere. Sus ojos, que miran a otro lado, representan una renuncia. La renuncia a una piscina esta vez. Mañana, quizás, será la renuncia a otros sueños. Y qué más da. Ya vendrán otros sueños y sus ojos seguirán fieles. Estos son los días más hermosos. Los hermosos días de la infancia. 

22 de julio de 2012

Decir el hambre







Si pregunto a los hombres
qué es aquel cuerpo inmenso
que vibra al otro lado de los bosques,
me contestan: «el mar».
Si te pregunto qué es el mar
me dices:
«un animal de lluvia que sin tregua recorre
la distancia infinita que de sí mismo le separa».
Quieres ponerme a prueba, pretendes confundirme.
Sé que aquel cuerpo inmenso
eres tú
cuando sales del bosque
y arrojas tu saliva sobre el mundo.


MAILLARD